Ser una persona con discapacidad es, sin duda, un desafío diario. Pero también es una oportunidad inmensa: la oportunidad de conectar con el alma, de mirar hacia adentro y descubrir una fuerza que no viene del cuerpo, sino del espíritu. Con los años, he comprendido que Dios no se olvida de nosotros; simplemente nos encuentra en su tiempo, nos entrega un propósito y nos da la fortaleza para continuar, aun cuando el camino parece imposible.
A veces siento que vivir con discapacidad es como caminar por el desierto durante cuarenta días, como lo hizo Jesús. Es una experiencia llena de tentaciones emocionales: la tristeza, el enojo, la frustración, la soledad…
Tentaciones que te susurran que te rindas, que no vale la pena seguir, que el dolor es demasiado. Pero al igual que Cristo, después de atravesar ese desierto, uno sale fortalecido, más sabio, más humano, y con la certeza de que la vida incluso con sus límites sigue siendo un regalo divino.
Esa experiencia de búsqueda, de silencio interior, me ha llevado a explorar distintas doctrinas y caminos espirituales. Desde mi fe en Dios , he aprendido que el sufrimiento no es una condena, sino una oportunidad para redimirnos y crecer en el amor. Sin embargo, en mi búsqueda de comprensión, también encontré luz en las enseñanzas de Siddhartha Gautama, el Buda, quien mostró que el sufrimiento puede ser transformado mediante la conciencia y la serenidad interior, Por la meditación orientada al desarrollo personal.
Ambos, Cristo y Buda, aunque distintos en sus formas, me han enseñado desde dos orillas del mundo, La occidental y la oriental que la verdadera libertad nace en el espíritu.
En Cristo encontré la fe en Dios que es todo , y en el budismo encontré la práctica de la calma y la observación de la mente que me libera. Uno me conecta con el cielo, el otro con la tierra; y en ambos encuentro una unión profunda que da sentido a mi vida.
La diferencia esencial entre ellos, según las fuentes religiosas, es que Buda busca la iluminación por medio del despertar interior, mientras que Cristo ofrece la salvación a través de la gracia divina y el amor de Dios Padre. Pero más allá de las diferencias teológicas, ambos apuntan al mismo horizonte: el despertar del alma.
Como persona con discapacidad, entiendo esa diferencia de manera simbólica. Buda me enseña a respirar el presente, a aceptar lo que soy sin juicio; Cristo me invita a entregar mis limitaciones a Dios y dejar que Él transforme el dolor en propósito. Uno enseña la serenidad del desapego; el otro, la fuerza del amor incondicional. Y yo, en medio de ambos caminos, encuentro un equilibrio: una espiritualidad que nace del silencio del cuerpo y florece en la conciencia del alma.
Muchos piensan que tener una discapacidad es perder el libre albedrío, que estamos condenados a depender de otros o a aceptar lo que la vida nos impone. Pero eso está muy lejos de la verdad. La discapacidad no elimina la libertad; la transforma. Dentro de nuestras posibilidades, seguimos decidiendo cómo vivir, cómo amar, cómo servir, cómo dejar huella. Y es en ese ejercicio del libre albedrío donde más necesitamos pedir a Dios sabiduría y discernimiento, para que nuestras decisiones no solo nos beneficien a nosotros, sino que también sirvan al propósito mayor de amar y servir a través de la discapacidad.
En mi propia vida, esta fe ha sido el cimiento sobre el cual he construido todo: mi formación, mis proyectos, mis relaciones y mi esperanza. No soy un hombre perfecto, ni mucho menos. Tengo defectos, cometo errores, y hay días en los que me miro al espejo y no entiendo por qué tropiezo con la misma piedra. Pero incluso en esos momentos, solo me queda hacer una cosa: seguir caminando, pedirle a Dios que me dé sabiduría, y esperar, con humildad, que su voluntad se cumpla en mí.
He aprendido que la fe no consiste en tener todas las respuestas, sino en seguir creyendo mientras buscas entender. Y que las personas con discapacidad no somos el resultado de un castigo, sino instrumentos de enseñanza y transformación en medio de un mundo que necesita más empatía, más paciencia y más amor.
La discapacidad me ha enseñado a valorar cada respiración, cada gesto de apoyo, cada logro pequeño. Pero, sobre todo, me ha enseñado que Dios no me dio una carga, sino una misión: la misión de demostrar que incluso desde la quietud se puede mover el mundo; que incluso desde la fragilidad se puede inspirar fortaleza; y que incluso en el silencio, se puede escuchar la voz de Dios guiándonos hacia nuestro propósito.
Así, entre el amor de Cristo y la Observación de Buda, he comprendido que el alma no conoce límites físicos. Que la espiritualidad verdadera no pertenece a una religión, sino a la experiencia de quien decide transformar el dolor en propósito y el cuerpo en templo del espíritu.
Por: Hamilton Ramírez Vargas Administrador publico, Gerente de proyectos, Licenciatura universitaria y programación neurológica.






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