Conocí hace poco a una señora mayor, madre cuidadora desde hace décadas, que vive con su hijo adulto sordo, de unos 40 años. Este hijo no trabaja, tiene dificultades de consumo de sustancias y ha desarrollado actitudes agresivas, justificándose con su discapacidad para evadir responsabilidades. Esa escena me sacudió: una persona con discapacidad no puede convertirse en un refugio para la mediocridad.
En Colombia, los datos son contundentes. Según el DANE, más del 88 % de las personas con discapacidad están en edad de trabajar, pero solo alrededor del 22,8 % tienen empleo real. Diario La República+2DANE+2 Esa brecha es una herida colectiva. Además, aunque hay leyes y normativas que promueven inclusión, la realidad demuestra que muchas personas prefieren usar su discapacidad como justificativo para no asumir los retos que otros enfrentan.
La discapacidad no es una condena. No es una excusa para vivir en la pereza, la violencia, la dependencia. Es, por el contrario, una oportunidad para demostrar carácter, para ser ejemplo, para servir, para crecer en dignidad, para dejar huella.
Yo lo sé bien: como persona con discapacidad física he aprendido que cada día importa. Que mi familia no está para cargar con mí eternamente, sino para caminar junto a mí mientras yo procuro aportar, contribuir, ser útil. Que lo que realmente honra a quienes cuidan no es el sacrificio sin fin, sino ver que quienes reciben el cuidado también se esfuerzan por dar algo de vuelta.
Las madres cuidadoras en Colombia son un pilar fundamental. Estadísticamente, muchas son solteras o cabeza de hogar, con múltiples obligaciones, sin reconocimiento económico constante. El Senado tiene hoy una iniciativa —en trámite— para reconocerles un soporte económico, para dignificar su labor. Senado de la República Es un buen paso, pero necesitamos más: que quienes viven con discapacidad no solo reclamen derechos, sino que demuestren con su vida que sí se puede.
También está el otro reto: el consumo de sustancias.
En Risaralda, por ejemplo, según datos del Ministerio de Justicia, el 6,8 % de la población reporta consumo de sustancias ilícitas; solo un poco menos que Quindío o Caldas. El Tiempo No es menor que dentro de esas cifras haya personas con discapacidad, que en algunos casos usan esta situación como justificación para evadir responsabilidades en lugar de buscar ayuda, formación o tratamiento.
Hoy quiero dejar claro algo: tener una discapacidad no le da a nadie licencia para la mediocridad. Más bien, exige mayor esfuerzo, mayor compromiso, mayor dignidad. Es una oportunidad para convertir el dolor en servicio, la limitación en creatividad, la dependencia en aporte.
Quiero agradecer públicamente a mi familia por el apoyo incondicional en mi proceso de superación. Gracias, especialmente, a mi mamá, que día a día asume cargas, que ama sin medida, que cree más de lo que muchos creen. Esa fuerza silenciosa nos nutre, nos impulsa a no quedarnos atrás, a ser más, a dar más.
Y dejo un llamado a todos los que vivimos con discapacidad:
1- Que nuestras metas incluyan cuidar de quienes nos cuidan. Que nuestra independencia sea también una forma de crear alivio para ellos.
2- Que no aceptemos la resignación como forma de vida, sino que la usemos como impulso para la acción.
3- Que el ejemplo de una persona con discapacidad sea de responsabilidad, de trabajo, de amor, de valor, no de lástima ni de excusa.
A nuestras madres, a quienes cuidan cada día, las veo como el corazón de esta sociedad. Que seamos capaces de corresponderles con hecho, con aporte, con vida digna. Porque la verdadera inclusión empieza cuando dejamos de justificar y empezamos a demostrar.
Por: Hamilton Ramírez Vargas Administrador publico, Gerente de proyectos, Licenciatura universitaria y programación neurológica.






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