No podemos seguir siendo una sociedad que valora el parecer y no el ser. Una sociedad que honra más la imagen que el compromiso. Una sociedad que pasa horas mirando pantallas, que minutos mirando a los ojos.
Necesitamos volver a lo esencial: al trabajo honesto, a la ternura de una familia, a la profundidad del silencio, a la humildad, al respeto mutuo, a la espiritualidad, a la compasión. Y eso solo será posible si tenemos el coraje de mirarnos por dentro y corregir, no solo lo que está afuera, sino lo que llevamos dentro.
Constantemente escuchamos críticas sobre la sociedad en la que vivimos. “la vida va de mal en peor”, que “el mundo está patas arriba”. La culpa casi siempre se deposita, sin filtro, en los sistemas: el bancario, el educativo, el de salud, el político ETC. Y aunque es innegable que esas estructuras están profundamente dañadas por corrupción, incompetencia y más cosas que no quiero mencionar hoy pocas veces nos detenemos a mirar lo que falla. NOSOTROS
Es hora de hacer una pausa y asumir un ejercicio urgente de autocrítica colectiva. Porque lo que estamos viviendo no es solo una crisis de sistema. Es una crisis de humanidad que se ha vuelto rentable.
Vivimos en una sociedad que ha hecho de la soberbia un estilo de vida. El orgullo desmedido, la vanidad, el “mírame y admírame” se han convertido en lo normal. Las redes sociales nos invitan a parecer, no a ser. A proyectar una imagen de éxito, belleza o poder, sin importar cuán vacía o falsa sea. .
La avaricia, por su parte, se alimenta a diario de un consumismo voraz. Todo se trata de tener, más cosas, más seguidores, más lujos, más likes. Y mientras tanto, el planeta se ahoga, las relaciones humanas se quiebran y la vida interior se empobrece, al punto de entender que ser humano no tiene valor, por eso alquilamos un estilo de vida prefabricado que solo genera ansiedad, comparación constante y frustración crónica.
La lujuria ya no es solo un deseo sexual desbordado. Es la banalización de la intimidad, la normalización de la infidelidad, el abandono del compromiso de pareja como si fuera una carga, no una elección libre y consciente. Se nos ha enseñado que entregarse a todos no tiene consecuencias, que lo importante es “sentir” sin pensar. Pero el resultado es evidente: vínculos vacíos, y familias rotas.
La ira se viste hoy de “carácter”. Gritar, humillar, explotar, se interpreta como fuerza, como liderazgo. Vivimos en una sociedad reactiva, impaciente, sin tolerancia. Una sociedad donde no dialogamos, sino que nos imponemos. La cultura de la rabia ha reemplazado la cultura del entendimiento.
La gula no es solo una exageración con la comida. Es un apetito insaciable de todo: de entretenimiento, de placer inmediato, de novedad constante. Las promociones nos invitan a consumir lo insano, y las plataformas nos enseñan a comer por ansiedad y no por necesidad. Y lo más paradójico, mientras crece la obesidad, también crece la desnutrición emocional y espiritual.
La envidia es el veneno silencioso que recorre cada instante. Vemos la vida “perfecta” de los demás en redes y nos sentimos menos. Celebramos el fracaso ajeno con una sonrisa disfrazada. En lugar de admirar, resentimos. En lugar de construir, competimos. Y así, nos alejamos del otro y de nosotros mismos.
Y finalmente, la pereza, hoy disfrazada de “lujo”, nos encierra en el sofá frente a plataformas de streaming durante horas y días. Nos resistimos al esfuerzo, al compromiso, al trabajo disciplinado. Queremos resultados inmediatos sin procesos reales. Y por eso también hemos dejado de soñar con profundidad.
Todo esto no es casual. Es parte de un modelo que no solo ha normalizado estos vicios, sino que los ha convertido en virtud. Una persona arrogante se interpreta como segura. Un consumidor compulsivo como exitoso. Un infiel como moderno. Un iracundo como fuerte. Un perezoso como relajado. Una sociedad adormecida que ha confundido la libertad con el deshonestidad de nosotros mismos , y la felicidad con la acumulación.
¿Queremos un mundo mejor? Entonces no solo cambiemos el sistema
Por: Hamilton Ramírez Vargas Administrador publico, Gerente de proyectos, Licenciatura universitaria y programación neurológica.Hamilton Ramírez Vargas Administrador publico, Gerente de proyectos, Licenciatura universitaria y programación neurológica






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