El pasado 19 de marzo, Día del Hombre, se celebró una fecha que, lejos de ser un verdadero tributo, refleja la vergüenza y la mediocridad del hombre de hoy. Si algo celebramos ese día, no es la verdadera esencia de lo que significa ser hombre, sino una caricatura creada por el consumismo, que ha logrado adormecer la fuerza, la determinación y la autenticidad que alguna vez definieron al hombre.

El hombre de hoy está obsesionado con aparentar una seguridad que, en la práctica, es solo una fachada vacía. se han convertido en consumidores sumidos en la superficialidad, dispuestos a vender su dignidad a la imagen perfecta de la «seguridad», la «fuerza» y el «éxito» que el mercado les vende. El problema no es solo que se muestren «seguros», sino que esta seguridad está basada en mentiras, en una constante huida de lo que realmente deberían enfrentar : sus miedos, sus inseguridades, su vulnerabilidad.

La realidad es que el hombre de hoy da vergüenza . Se esconde tras el alcohol, las drogas, la pornografía y una música que vende la imagen de   «maliantes», como si esa fuera la representación de la virilidad y la fortaleza. Los hombres se refugian en la oscuridad de estos vicios porque no tienen la valentía de enfrentarse a lo que sienten. No tienen el valor de abrazar sus miedos y superarlos como lo hacían aquellos hombres de antaño, que no huían del dolor, sino que lo enfrentaban con la certeza de que cada sacrificio era un peldaño hacia algo más grande que ellos mismos.

Vale la pena recordar que durante siglos, la civilización fue construida por hombres que no temían al sacrificio, que no esquivaban el dolor, sino que lo aceptaban como parte fundamental de su existencia. Esos hombres sabían que la vida no era fácil, que el verdadero valor no venía de la comodidad, sino de la lucha. Eran los que conquistaban tierras, los que protegían a sus familias, los que defendían su honor a toda costa. Ellos entendían que sobrevivir no es un derecho, sino un privilegio que se gana con esfuerzo, con sangre, sudor y lágrimas. Hoy, la mayoría de los hombres no pueden decir lo mismo. La verdadera masculinidad se ha diluido en la fragilidad de una generación que huye del sacrificio y se esconde detrás de falsas apariencias.

La idea de lo que significa ser hombre ha sido destruida. La masculinidad ya no se define por la capacidad de resistir, de dar la vida por lo que se cree, de ser un pilar para los demás. Ahora se mide en cuántos likes en redes sociales se consiguen, en cuántos trajes de marca se pueden comprar, en cuántas cervezas se pueden consumir en una noche, en cuántos minutos se tarda en acceder a una pantalla llena de pornografía. Todo es una farsa, un intento desesperado de ocultar lo que realmente duele. Los hombres se han convertido en expertos en la superficialidad y han olvidado la importancia de la integridad, el sacrificio y el verdadero liderazgo.

Así, el Día del Hombre se convierte en una cruel ironía. En lugar de honrar a aquellos hombres que forjaron la sociedad  con su sacrificio, que enfrentaron sus demonios sin rendirse, celebramos a aquellos que se han rendido ante las expectativas de una sociedad que solo premia la imagen, la apariencia y el consumo. En lugar de hombres fuertes, luchadores y auténticos, tenemos una generación que se siente más cómoda en su zona de confort, que teme al dolor y que prefiere evadir la realidad a enfrentarse a ella.

Si el hombre de hoy quiere recuperar su verdadera fuerza, debe romper con las cadenas de la mediocridad. Debe dejar de esconder sus inseguridades en vicios y mentiras, y empezar a enfrentarse a la vida como lo hicieron sus ancestros: con coraje, con sacrificio y con el entendimiento de que el dolor y el esfuerzo no son enemigos, sino compañeros indispensables en el camino hacia la grandeza. Es hora de que el hombre deje de conformarse con la mediocridad y recupere lo que alguna vez le perteneció: su verdadera masculinidad, esa que se forja en el sacrificio, en la lucha constante por ser mejor, por ser auténtico.

Por: Hamilton Ramírez Vargas Administrador publico, Gerente de proyectos, Licenciatura universitaria y programación neurológica.Hamilton Ramírez Vargas Administrador publico, Gerente de proyectos, Licenciatura universitaria y programación neurológica

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