El caso del exalcalde de Pereira, Carlos Maya, es un ejemplo doloroso de cómo el poder puede corromper incluso a aquellos que inicialmente prometieron servir a la comunidad. Hace cuatro años, Carlos Maya estaba rodeado de “su manada”, beneficiándose de su posición de liderazgo cedida por el actual senador Juan Pablo Gallo en nuestra ciudad. Sin embargo, las acusaciones de presunta corrupción en la construcción de la Avenida Los Colibríes han dejado al exalcalde solo y bajo investigación. Este triste episodio debe recordar a los “líderes políticos” que el poder no es un fin en sí mismo, sino una responsabilidad que debe ejercerse con integridad y transparencia.
Los políticos a menudo afirman estar rodeados de amigos, pero la realidad es muy diferente. Al repasar nuestra historia política, encontramos ejemplos como el del poderoso senador Enrique Soto, quien colocó alcaldes a su voluntad en el 2010, como si fueran criados en su casa de la democracia. Sin embargo, poco tiempo después, Soto fue derrotado en las urnas por el equipo del cambio y, posteriormente, perdió su curul debido a las gestiones legales de Daniel Silva. Este hombre, que antes se consideraba rodeado de amigos, murió como un “lobo solitario”, acompañado únicamente por su familia.
Es hora de hacer una crítica profunda a los partidos políticos. Estos partidos, como pilares fundamentales de la democracia, deberían representar los intereses de la gente. Sin embargo, en Pereira, muchos han perdido su rumbo. La búsqueda desesperada de financiamiento y el afán por mantenerse en el poder a menudo los llevan a comprometer sus principios. La corrupción se filtra en sus filas, y los ciudadanos se sienten traicionados por aquellos que prometieron servirles.
En contraste, recordemos la historia de Yu el Grande, el fundador legendario de la primera dinastía china, la dinastía Xia. Yu dedicó años de arduo trabajo a controlar las inundaciones y crear canales para proporcionar salidas al mar. Su labor incansable hizo que el territorio fuera habitable para las personas. Este mérito y servicio a la comunidad lo convirtieron en un líder excepcional, reconocido por su integridad y habilidades.
Por lo tanto, propongo que los partidos políticos pongan sus ojos en el mérito. Los líderes políticos deben ser seleccionados por su capacidad, conocimiento y compromiso con el bienestar público. La meritocracia no solo garantiza una gestión más eficiente, sino que también reduce la tentación de la corrupción. Cuando el poder se otorga a quienes lo merecen, se fortalece la confianza en las instituciones y se fomenta un ambiente de servicio genuino. Es hora de que la política vuelva a ser un medio para el bienestar colectivo, no un trampolín para intereses personales.
Hamilton Ramírez Vargas Administrador publico, Gerente de proyectos, Licenciatura universitaria y programación neurológica






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